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La vieja casa de barro

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# 12

8 de diciembre de 2025

A todas las mujeres que he amado. A mis amores imposibles. A las miradas que perturban la soledad. Para aquellas que le he entregado este raquítico núcleo de mí por algunos años, algunos meses, algunas horas. El pesimismo en las letras, no es más que el vacuo arte de la falta de sentido. Y tú, Dalma Rosenthal, has sido la innumerable; el ángel divino, ante mi demonio interno.

Lo que narro a partir de aquí es la gravitación de los pensamientos, el irreal impedimento soñado; la pausa, la lejana pausa que el tiempo le provoca a quienes viven con el corazón roto, que lindan con lo finito y lo infinito. Recuerdo haber recordado a Kierkegaard cuando vislumbré aquella vieja casa de barro, las realidades de nuestra existencia nos obligan a vivir de ciertas maneras: las necesidades de nuestro cuerpo, el cableado de nuestro cerebro y el hambre, inherente a la pobreza. En el lado infinito se encuentra un universo potencial: todas las cosas que creemos que algún día podríamos hacer o llegar a ser, la fuerza de voluntad, un futuro lleno de posibilidades sin un rumbo definido.

Estas reflexiones me dejan aquí, en la puerta de esta vieja casa que, pese a todo, perdura en el siglo. Si mi memoria no me falla, tu madre, Dalma, no me era hostil. Aun así he de sentir que esa pregunta, con leve imprudencia, la lanzó como se lanza un hacha, una pica, una bala a la cabeza del enemigo: Si tanto te amo ¿Por qué nunca te invite a mi casa?

Veo a mi abuelo tomar mate mientras mira en la televisión sin lograr escuchar, el piso de tierra, al igual que el aire, el baño a unos metros de la casa en una garita de ladrillo, lo veo preparar el asado; recuerdo los caballos que de niños acariciábamos y recuerdo la vaga pintura celeste algo verdosa.

Tomo aire y contesto, —Me cuesta mucho… No sé por donde empezar. Te diría que soy uno, de las innúmeras generaciones de Garcia y Reynoso que conoce la pobreza— tomo aire y continuo —No sé si pobreza es la palabra, más bien modestia— te miro a los ojos y continuo —Sé bien que tengo algo para ofrecer, no se si es sabiduría, no se si es beatitud; no creo que sea inteligencia, pero algo tengo. No se quién dijo, para un hombre con los bolsillos vacíos hasta un ‘hola’ es un pedido. Y es tan banal que diga esto que incluso me avergüenzo de tener vergüenza, de ser ese hombre que no ha conocido el bienestar que añora, que nunca ha vivido en un buen hogar—.

Naturalmente regreso a la paz del recuerdo, camino en frente de esa vieja casa de barro, por la calle que también es de tierra mojada, como también es la humanidad; visito la virgen en su sobrio altar, toco el vidrio sin saber por qué, me persigno y bajo la escalera. Vuelvo a la casa para finalmente comer el asado en una rústica mesa con una numerosa familia Reynoso —los Garcia no son numerosos ni son familia—. Me retraso, automáticamente, para mirar el cartel de recepción que dice: “Bienvenidos a Achupallas”. Me siento en una silla resquebrajada, abundante pan y carne, un vaso de lata, el amor sentido; sería justo afirmar que esa vieja casa de barro ha sido, para mí, el verdadero lujoso paraíso.

Y es curioso relatar que solo han conocido mi casa mujeres que nunca he amado, como una descortesía de la pasión. Tu familia me cree. Hace tiempo que escribí un poema que empezaba: “Mi casa es el reflejo de mi ser”, por suerte no lo terminé. Solo sé que ese muchachito que lo intentó, eventualmente se convertirá en el que escribe esto; y eventualmente seguiremos siendo el mismo hombre. No hemos cambiado en nada. Mejor me iré a dormir, en tu cama, a tus brazos, mi muy querida Dalma.